Confesiones de una librera friki: Elitismo

Por qué mi librería no es elitista ni ególatra

Han pasado ya seis años desde que abrí las puertas de esta librería. Seis años de esfuerzo, de amor por los libros, de resistir sin máscaras ni disfraces. Y también seis años de sentir en carne propia los recelos, las envidias, los silencios que pesan más que las palabras.

En este camino, he aprendido que el mundo cultural, a veces, levanta muros invisibles más altos que los que dice querer derribar. Que si no perteneces al círculo adecuado, si no pronuncias los nombres correctos, si no decoras tus estanterías con lo que “debería” venderse, te miran con cierta condescendencia. Como si la pasión fuera menos válida sin un sello, como si la autenticidad molestara.

Pero también he aprendido algo más grande, más luminoso. He conocido a personas que se acercan sin prejuicios, que confían con los ojos cerrados, que ven en los libros lo mismo que yo: un puente, no una barrera. Gente que no piensa igual que yo, que quizás difiere en ideas, en política, en creencias, pero que comparte una certeza: que la cultura nos une más de lo que nos separa.

A esos, los que cruzan la puerta sin pedir credenciales, los que apoyan sin esperar nada, los que entienden que un libro puede ser un acto de libertad, les debo todo. Ellos son los que sostienen este espacio cuando el ruido del elitismo cultural intenta ensordecerlo.

Mi librería no es elitista porque no fue creada para presumir de conocimiento, sino para compartirlo. No es un altar de vanidades, sino un lugar vivo, imperfecto, humano. Aquí los libros no se apilan para aparentar, se eligen porque tienen algo que decir, aunque no aparezcan en los escaparates de moda.

He sentido el peso de los menosprecios, sí. Las puertas que se cierran con una sonrisa hipócrita. Los que juzgan sin entrar, los que critican sin leer. Pero nada de eso puede con la verdad más simple y más fuerte: la cultura no pertenece a nadie. No hay un dueño de la palabra, ni del arte, ni del pensamiento.

La cultura debe ser de todos. De quienes leen por amor, de quienes se acercan por curiosidad, de quienes buscan un refugio. Debe estar en la calle, en las manos, en los ojos que brillan al descubrir algo nuevo.

Esta librería seguirá en pie, con la cabeza alta y el corazón abierto. Porque aunque a veces duela nadar contracorriente, prefiero eso a convertirme en lo que combato. Prefiero la honestidad a la pose. Prefiero una estantería sincera a una llena de libros que no se leen.

Gracias a los que creen, a los que apoyan sin condiciones, a los que entienden que la cultura no es una vitrina: es un latido compartido.

FDO: Ester Rasero