Confesiones de una librera friki: Prejuicios

Hoy quiero hablar del daño que causan las personas prejuiciosas, esas que te cruzas de vez en cuando en la vida. Personas que, como cualquier ser humano, han pasado por errores, por momentos difíciles y por dolor. Quizás incluso demasiado. Sin embargo, en lugar de transformar esas heridas en empatía y comprensión hacia los demás, deciden juzgar sin conocer el camino que ha recorrido la otra persona.

Desde mi punto de vista, este tipo de personas no suman, restan. No acompañan, frenan. Suelen proyectar sus propios miedos, frustraciones y fracasos en los demás, y lo hacen a través de críticas, comentarios hirientes o miradas cargadas de juicio. Poco a poco, pueden minar tu confianza, hacerte dudar de tus capacidades y sembrar inseguridad donde antes había ilusión. Llegan incluso a meterte miedo en el cuerpo: miedo a equivocarte, miedo a destacar, miedo a quedarte sola si sigues tu propio camino.

Uno de los efectos más nocivos de estas personas es que normalizan el daño. Te hacen creer que exageras, que eres demasiado sensible, que tus sueños no son realistas o que luchar por lo que quieres no vale la pena. Apagan la motivación, desgastan la autoestima y te empujan a conformarte, no porque sea lo que deseas, sino porque es lo que ellos consideran “seguro”. Y vivir desde el miedo nunca es vivir de verdad.
Por eso es tan importante parar esto en seco. Poner límites no es ser egoísta, es un acto de amor propio. Alejarse de quienes juzgan constantemente es una forma de proteger tu paz mental, tu crecimiento y tu dignidad.

No todo el mundo merece acceso a tu proceso, a tus heridas ni a tus sueños. Rodearte de personas empáticas, que escuchen sin juzgar y acompañen sin imponer, marca la diferencia entre sobrevivir y avanzar.


Elegir no permitir que el prejuicio ajeno defina tu valor es un acto de valentía. Porque nadie tiene derecho a frenar tu camino solo porque no entiende el suyo.

Fdo. Ester